*007 Planes
Sobre el arte de bailar con el futuro
Soy de los que ve el final del año como el cierre de un año contable. El balance arroja pérdidas y ganancias. Trazo escenarios: pesimista, realista, optimista. Dibujo recorridos literarios: Guerra y Paz no es una novela, es un 8.000 que corono en 53 horas. Virtud es seguir hambriento el día después. La peor explotación es la que se practica a uno mismo1. El año que viene no es un año más, es un año menos para alcanzar El plan.
El plan como utopía necesaria
Decía Susan Sontag que lo que tenían en común la República de Platón, la Ciudad del Sol de Campanella, la Utopía de Moro, la tierra de los Houyhnhnms de Swift y El Dorado de Voltaire: es que en todas ellas era necesario un consenso universal2. El plan solo puede existir si lo planteamos como una utopía necesaria. Es un horizonte hacia el que avanzamos esperando volver para contarlo.
El plan nos proyecta hacia un futuro deseado, pero no necesariamente alcanzable. Ordena el caos, da sentido y punto de vista al presente. Lo importante de un plan no es su culminación (su resultado), sino el efecto que provoca sobre tus acciones en el presente (su proceso). Sísifo no empujaría la roca sin un plan: no es librarse de ella, es trascender con su resistencia. Imaginémoslo por ello como Camus, feliz3.
James Stockdale fue derribado en 1965 y encarcelado en Hanoi durante 7 años donde sufrió torturas y aislamiento prolongado. Su apellido da nombre a una paradoja que explica por qué los prisioneros que ponían fechas a su salida perdían la esperanza cuando se incumplían. Stockdale sobrevivió por una mezcla de lucidez y paciencia inquebrantable. El plan no es una meta, es un punto de fuga.
Lo bueno es enemigo de lo extraordinario
Uno de los libros que más me marcó el año pasado fue Good to Great de Jim Collins. A diferencia de otros libros, no se centra en las compañías que más crecen, ni en las que están de moda. Se centra en las que perduran. Y en las que dan el salto de ser buenas a ser excelentes. No se basa en actos aislados, sino en interés compuesto. Leer un libro no te hará más inteligente, leer 2 horas al día, marca la diferencia.
Big Hairy Audacious Goals: un plan mediocre (ganar más dinero, vencer a X de tu industria) está condenado al fracaso. Empresas, equipos y personas necesitan de grandes narrativas que les ericen el vello. Sabiendo que lo más común es que nos quedemos cortos, fijemos el plan en las estrellas para alcanzar la estratosfera.
Ten principios, da igual cuáles: una de las cosas que más me maravillan es que se puede vencer de diferentes maneras. Lo importante es ser consistente en la tuya. De hecho, tratar de vencer con el sistema de juego de otro, siempre te hará ser el segundo. Lo genuino no se mide por originalidad, sino por consistencia.
Cultura por encima de burocracia: establece los procesos mínimos que sirvan para estandarizar, pero no más. Tapar la mediocridad con reglas es como parchear un barco con agujeros. Mi experiencia me dice que los equipos de alto rendimiento toman buenas decisiones si se les da el margen para hacerlo.
Trazar un plan es soñar con las estrellas y aplicar disciplina y realidad para alcanzarlas. Es saber que estás en “lo cierto” y tener la flexibilidad mental suficiente para cambiar de montura si te equivocas a tiempo. Es rodearte de los mejores para hacerte mejor. Es sumar inercias para multiplicar resultados. Es esfuerzo que mueve talento. Es crear y creer en un punto de vista y defenderlo. Es trascender con sentido.
El destino como red impersonal
Me apasiona leer a los rusos, hay un hilo invisible que une a la Rusia de inicios del XIX con la generación del 984. El imperio perdido, el conflicto interior y el convencimiento de que las grandes ideas no siempre vinieron para salvarnos. O como retrataría con maestría Goya: El sueño de la razón produce monstruos. El Plan no es algo que ejecutan los grandes hombres, es algo que sucede a pesar de ellos.
Tolstói lo dibuja a la perfección con la figura de Napoleón. El príncipe Volkonski, herido en Austerlitz, yace en el suelo y ve a Napoleón, pero lo importante no es el emperador, sino el cielo (lo atemporal). La diferencia entre ganar y perder no es una estrategia impecable, es leer el inconsciente colectivo. No es renunciar a planificar, es entender que los ejércitos (los equipos) se mueven por emociones.
En una batalla, el resultado no lo decide ni la posición, ni el número de tropas, ni el genio del comandante. El resultado de una batalla depende de una fuerza indefinible, que se llama el espíritu del ejército. Basta que en un momento determinado alguien grite “¡adelante!”, y ese grito sea aceptado, para que los hombres avancen y la batalla se gane. Basta que alguien grite “¡retirada!”, y que ese grito sea creído, para que los mismos hombres, en las mismas posiciones, con las mismas armas, huyan y la batalla se pierda.
Las vidas de los grandes líderes se construyen en retrospectiva. La historia es tramposa, porque marca los acontecimientos como hechos inevitables. César narra sus victorias en Comentarios sobre la guerra de las Galias5 en tercera persona, para convertir sus actos en hechos. Los Persas de Esquilo es innovador, porque cuenta la batalla de Salamina desde la perspectiva de los vencidos.
El Plan como narrativa imperfecta
El Plan es una narrativa. Contártela, contarla, es la mejor manera de mantenerla viva. Raskólnikov es capaz de matar en Crimen y castigo cuando acuña la idea de “hombre extraordinario” como aquel que está por encima del bien y del mal. El príncipe Myshkin regresa a Suiza al final de El idiota cuando comprueba que su idea de la bondad y la pureza absoluta son incompatibles con la sociedad rusa del XIX.
Uno de los momentos más tristes de la literatura universal es la muerte de Alonso Quijano en El Quijote6. Cuando cobra conciencia de la realidad, se rompe su narrativa, enferma y muere. Sin Dulcineas, sin ínsulas, sin ideales de caballería, la vida pierde sentido. El mismo Quijote decía que “la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin que otras manos le acaben que las de la melancolía.”
Las personas, las empresas, los países necesitan narrativas para mantenerse vivos. Polonia desapareció y reapareció como país 120 años después porque sus gentes mantenían una identidad cultural y sentimental. Virgilio es a Homero, lo que Cicerón y Séneca son a Platón y Aristóteles: intentos de continuar un hilo narrativo entre pasado y presente. Entre padres e hijos de un mismo sustrato cultural7.
Jobs, Olivetti o Grove no fueron grandes líderes (solo) porque sus productos fueran innovadores. Lo fueron por su capacidad de crear estructuras que les sobrevivieran. Lo hicieron porque supieron crear culturas fuertes con sello propio. Lo consiguieron porque tuvieron narrativas que vencían (y convencían) a las de su época. Napoleón está más vivo hoy por el Código Napoleónico que por Austerlitz o Jena.
En pocas palabras, en mis palabras:
Crear sistemas que eleven lo humano y lo trasciendan.







Buena decisión guardarlo para un viernes noche ;)